Santiago Rodríguez, una vida detrás del mostrador: la historia que late en SOULA, el nuevo café de Maschwitz

En la esquina de Mendoza y El Dorado, una de las más lindas y transitadas de Ingeniero Maschwitz, abrió hace pocas semanas SOULA – Café y Bistró. El lugar llama la atención por su estética cuidada, sus grandes ventanales y una sensación difícil de explicar: parece un café nuevo, pero no improvisado. Como si hubiera estado ahí desde siempre.
Esa sensación tiene nombre propio. Santiago, vecino de Maschwitz y uno de los fundadores del proyecto junto a dos socios (Miguel Chaves, gerenciador gastronómico y Javier Waisman, arquitecto), carga con una historia gastronómica que no empezó ahora ni cerca. Empezó mucho antes de que él naciera, cruzando el Atlántico, en una Europa golpeada por la guerra.
“Mi viejo llegó a la Argentina a fines de los años 50, desde Ourense, España, escapando de lo que había quedado de Europa”, cuenta. Su primer trabajo fue de mozo, en Martínez. “Arrancó desde abajo, como todos. A los 20 ya tenía su propio negocio”. Desde entonces, en la familia no hubo desvíos: café, comida, atención al público. Gastronomía pura.
Santiago creció literalmente en un bar. Hacía los deberes apoyado en la barra, veía entrar y salir clientes, escuchaba conversaciones, observaba a su padre trabajar sin horarios. “Mi viejo vivía dentro del negocio. No había franco, no había descanso. Esa era su vida. Y yo mamé eso”, dice, sin nostalgia impostada, como quien describe una forma de ser.
Cuando terminó el colegio industrial, la decisión fue simple y brutal, típica de otra época: estudiar o trabajar. No había tercera opción. A los 19 años, su padre le puso un café en Munro, que manejó junto a su hermano. Era mediados de los ´90 y el contexto acompañaba. “Era una buena época. Ganaba cuatro veces más que mis amigos. Tenía empleados de 60 años y yo era el dueño”, recuerda.
Aunque tenía facilidad para el estudio y perfil técnico —“podría haber seguido una ingeniería”— la gastronomía ya lo había atrapado. No solo por el dinero, sino por algo más difícil de explicar: el vínculo con la gente. “A mí me gusta saludar al cliente, saber cómo está, acordarme de cosas. Eso no se aprende en ningún lado”.
Después vinieron otros desafíos. Negocios comprados, levantados y vendidos, como hacía su padre. Entre ellos, Nicanor, un café emblemático de Martínez, en el barrio Arenales. “Era como el café del pueblo. Funcionó muy bien”, cuenta. Trabajo constante, jornadas interminables y una lógica clara: laburar hoy para que el negocio funcione mañana.
Pero el proyecto más largo y determinante fue El Molino Rojo, en Vicente López, sobre avenida Maipú, a metros del Hospital Británico. Ahí estuvo más de dos décadas. “Arranqué con 23 años. Ahí formé mi familia, tuve mis hijos, hice dos casas. Me fue muy bien”, dice sin vueltas. El Molino era grande, con varios mozos por turno, mucha rotación y una propuesta clásica: cafetería, sanguchería, tortas. Nunca abrió de noche. “Toda mi vida fue de mañana. Como mi viejo”.

Junto a sus hijos en su segunda casa, Soula.
La pandemia marcó un quiebre. El cierre forzado del local fue un golpe seco. “Me cortaron las piernas. No sabía qué hacer”, recuerda. Pero, fiel a su forma de ser, no se quedó quieto. Salió a vender alfajores. Primero solo, después con su hermano, luego con amigos que se habían quedado sin trabajo. En pocos meses armó una red de siete vendedores que cubrían desde Tigre hasta Maschwitz.
“Yo llamé a proveedores de toda la vida. Gente con la que laburé 25 años, siempre pagando en término. Me dieron mercadería sin dudar. Así salimos”, cuenta. En barrios cerrados, ferreterías, comercios de barrio, los alfajores empezaron a circular. “Había gente que me conocía más como ‘el de los alfajores’ que como gastronómico”, dice, entre risas.
Esa experiencia dejó una enseñanza que todavía hoy lo acompaña: adaptarse o desaparecer. “Si no podés abrir un bar, vendés alfajores. Si no vendés alfajores, hacés otra cosa. Pero no te quedás esperando”.
Ahora, en el polo gastronómico de Maschwitz
La esquina de Mendoza y El Dorado llevaba años abandonada. Una tapera, cubierta de plantas, sin un destino claro. Santiago la vio, la imaginó y decidió apostar en Las Palmas, que funcionó hasta diciembre. No fue fácil. Hubo cambios de planes, demoras, imprevistos. “Nunca se llega en la fecha que uno piensa. Siempre hay algo”, explica. Pero también hubo trabajo propio: pintar, colocar madera, resolver detalles. “Yo sé arreglar la máquina de café, las luces, las mesas. Vengo de una escuela donde el dueño tenía que saber hacer de todo”.

En la esquina de Mendoza y El Dorado, este mes inauguró Soula.
SOULA nació de esa mezcla de oficio y lectura de época. Un café pensado para que la gente se quede: enchufes en todas las mesas, buena conexión a internet, espacios grandes y chicos, rincones pensados para trabajar, charlar o simplemente mirar la calle. “A la gente le gusta ver para afuera. Mirar la vida pasar”, dice.
También hay una comprensión clara de las nuevas dinámicas: lugares lindos, rincones para fotos, detalles estéticos que dialogan con las redes sociales. “Yo no soy de las redes, me cuesta, pero entendí que hoy también pasa por ahí”, reconoce.
Sin embargo, el corazón del proyecto sigue siendo el mismo de siempre: el producto y la experiencia. “A mí lo que me importa es que la gente se vaya contenta. Si una mesa no me dejó plata hoy, pero se fue feliz, yo sé que vuelve. Y eso es lo que vale”.
Santiago no romantiza el negocio. “Obvio que esto es por guita, nadie trabaja gratis. Pero lo que me mueve es otra cosa: que te digan ‘qué rico estuvo’, ‘qué bien nos atendieron’”. Esa frase resume una filosofía aprendida detrás de barras gastadas, cafeteras ruidosas y madrugadas interminables.
SOULA abrió hace poco, pero ya se siente habitado. Tal vez porque detrás de ese café nuevo hay décadas de historias, una cultura del trabajo casi extinguida y una forma de entender la gastronomía que no se improvisa.
“Yo crecí en esto. Y todavía me gusta”, dice Santiago. En Maschwitz, esa frase hoy tiene forma de café caliente, mesas llenas y una esquina que volvió a tener alma.









