¿Por qué necesitamos entregar tanto para atraer inversiones?

Imagine por un momento que una empresa se instala en Argentina. Produce en Argentina. Utiliza recursos argentinos. Contrata trabajadores argentinos. Obtiene ganancias en Argentina. Ahora imagine que aparece un conflicto importante entre los socios de esa empresa. La pregunta parece sencilla. ¿Quién debería resolverlo? Por Mariana Huber (*).
La mayoría respondería lo mismo: un juez argentino aplicando leyes argentinas.
Sin embargo, algunas de las reformas que hoy se discuten avanzan en otra dirección. Entre otras cuestiones, permitirían que determinadas sociedades acuerden resolver conflictos mediante legislación extranjera o tribunales internacionales elegidos por las partes.
Para muchos puede parecer una discusión reservada a abogados o especialistas. Pero en realidad plantea una pregunta mucho más profunda.
¿Qué estamos entregando para atraer inversiones?
Argentina necesita inversiones. Necesita producir más, generar empleo, incorporar tecnología y recuperar años de estancamiento. Nadie puede discutir seriamente esa necesidad.
Por eso resulta razonable que el país busque ofrecer previsibilidad y seguridad jurídica. El RIGI fue presentado precisamente con ese objetivo. Ahora aparecen nuevas reformas que intentan profundizar esa lógica, acercando nuestro régimen societario a modelos utilizados en otros centros financieros del mundo.
Pero justamente porque las inversiones son importantes conviene detenernos un momento.
La pregunta no es si debemos atraer inversiones. La pregunta es por qué sentimos que debemos ofrecer cada vez más para conseguirlas.
¿Por qué una empresa que opera en Argentina necesitaría resolver sus conflictos bajo leyes de otro país?
¿Por qué un inversor confiaría más en instituciones extranjeras que en las nuestras?
Y, sobre todo, ¿qué nos dice eso sobre la Argentina?
Tal vez el problema no sea solamente jurídico.
Tal vez sea institucional.
Durante décadas escuchamos que el país necesitaba recuperar la confianza de los mercados, de los inversores o del mundo. Pero rara vez nos preguntamos por qué fuimos perdiendo la confianza en nuestras propias reglas.
Los países que lograron desarrollarse no construyeron esa confianza de un día para otro. Tampoco la construyeron únicamente ofreciendo beneficios especiales.
La construyeron generando estabilidad.
Generando continuidad.
Generando instituciones capaces de sobrevivir a los cambios de gobierno.
Brasil es un ejemplo interesante. Con gobiernos de distintos signos políticos, con crisis y con profundas diferencias internas, logró sostener ciertas políticas estratégicas vinculadas a la industria, la energía, la infraestructura y la innovación tecnológica. Los gobiernos cambiaban. Algunas prioridades fundamentales permanecían.
Argentina, en cambio, muchas veces pareció empezar de nuevo cada cuatro años.
Lo que una gestión impulsaba, la siguiente lo cuestionaba. Lo que hoy era una política estratégica, mañana era presentada como un error. Y así fuimos perdiendo algo esencial para cualquier proyecto de desarrollo: la previsibilidad.
Quizás por eso hoy discutimos cómo generar confianza mediante regímenes especiales, excepciones o garantías extraordinarias.
Y quizás por eso vale la pena formular una pregunta incómoda.
¿Estamos fortaleciendo la confianza en las instituciones argentinas o estamos reemplazándola por la confianza en instituciones ajenas?
No se trata de rechazar la inversión extranjera ni de cerrar la economía. Sería un error tan grande como creer que el mercado resolverá por sí solo todos nuestros problemas.
Se trata de pensar qué país queremos construir.
Desde Consolidación Argentina creemos que la Argentina necesita abrirse al mundo, atraer inversiones y aprovechar las oportunidades que ofrece la economía global. Pero también creemos que el desarrollo no puede depender únicamente de beneficios excepcionales o de la búsqueda permanente de soluciones fuera de nuestras propias instituciones.
Necesitamos una Argentina capaz de generar confianza por sí misma.
Una Argentina donde las inversiones lleguen porque existe una visión de largo plazo.
Porque hay reglas claras.
Porque existen políticas públicas que trascienden a los gobiernos y no cambian cada vez que cambia el signo político de una administración.
Durante demasiado tiempo quedamos atrapados en la lógica de la grieta. Un país que oscila permanentemente entre modelos opuestos termina generando incertidumbre para quien invierte, para quien produce y también para quien trabaja. Los países que lograron desarrollarse no lo hicieron porque todos pensaban igual. Lo hicieron porque construyeron acuerdos básicos capaces de sobrevivir a los gobiernos.
Acuerdos sobre educación, infraestructura, energía, producción, innovación y empleo. Acuerdos que dieron previsibilidad a quienes arriesgaban capital y esperanza a quienes buscaban oportunidades.
Ese es el desafío que tenemos por delante.
Construir una Argentina donde la educación, la producción, la innovación y el trabajo dejen de ser banderas de un gobierno para convertirse en compromisos permanentes de la Nación.
Las inversiones son necesarias.
Pero más importante todavía es construir un país que inspire confianza por lo que es y por lo que proyecta.
Un país capaz de atraer inversiones porque tiene instituciones sólidas, reglas previsibles y objetivos claros.
Porque una Nación se fortalece cuando el mundo quiere invertir en ella.
Pero se fortalece mucho más cuando logra que esa confianza nazca, antes que nada, de sí misma.
(*) Concejal – Consolidación Argentina Escobar









